México después de la Independencia: luces y sombras de la construcción nacional

La consumación de la Independencia en 1821 marcó el fin del dominio español, pero no el inicio de una era de estabilidad. México emergió como un Estado soberano, pero profundamente fracturado. La guerra dejó una economía devastada, una sociedad desigual y una estructura política sin rumbo claro. En sus primeros treinta años, el país tuvo más de 50 gobiernos, reflejo de una lucha constante entre federalistas y centralistas, liberales y conservadores.

El primer intento de gobierno fue el Imperio de Agustín de Iturbide, que duró menos de un año. Le siguió una República Federal que, aunque prometía autonomía estatal y democracia, fue víctima de conspiraciones, golpes de Estado y caudillismo. Antonio López de Santa Anna, por ejemplo, ocupó la presidencia en once ocasiones, encarnando la volatilidad política del siglo XIX.

De los aciertos de los gobernantes: avances en justicia, educación y soberanía, podemos decir que, a pesar de los desafíos, México ha tenido momentos de lucidez institucional. Uno de los más notables fue el periodo de Benito Juárez, quien impulsó las Leyes de Reforma, separando Iglesia y Estado, y sentando las bases de un Estado moderno, laico y republicano. Su resistencia ante la intervención francesa y el efímero Imperio de Maximiliano consolidó la soberanía nacional. Durante el Porfiriato, aunque marcado por autoritarismo, se modernizó la infraestructura: ferrocarriles, telégrafos y urbanización.

En el siglo XX, la Revolución Mexicana dio paso a la Constitución de 1917, pionera en derechos sociales. Más adelante, los gobiernos posrevolucionarios impulsaron la educación pública, la reforma agraria y la nacionalización del petróleo en 1938, bajo Lázaro Cárdenas. En décadas recientes, destacan avances en transparencia, justicia electoral y derechos humanos. La alternancia política desde el año 2000 rompió con el monopolio partidista, y se crearon instituciones como el INAI y el Poder Judicial Federal autónomo, que fortalecían la rendición de cuentas, y sirvieron de contrapeso al siempre poderoso y autoritario Poder Ejecutivo.

Los Errores persistentes: corrupción, desigualdad y violencia. Sin embargo, los errores han sido tan persistentes como los logros. La corrupción ha permeado todos los niveles de gobierno, debilitando la confianza ciudadana y frenando el desarrollo. Desde el saqueo del erario en el siglo XIX hasta los escándalos contemporáneos de desvío de recursos, la impunidad ha sido una constante. La desigualdad social, herencia colonial, se ha perpetuado. A pesar de los programas sociales, millones de mexicanos viven en pobreza extrema, especialmente en comunidades indígenas y rurales. La concentración de riqueza y poder sigue siendo un obstáculo para la equidad. La violencia, exacerbada por el narcotráfico y la debilidad institucional, ha cobrado miles de vidas.

La militarización de la seguridad pública, sin una estrategia integral, ha generado violaciones a derechos humanos y desplazamientos forzados. La justicia sigue siendo lenta, inaccesible y, en muchos casos, parcial. En conclusión, somos una patria altamente saqueada, en construcción. México, desde su Independencia, ha sido una nación en constante búsqueda de justicia, identidad y bienestar. Sus gobernantes han dejado huellas mixtas: algunos han sido arquitectos de progreso, otros cómplices del retroceso. Este 16 de septiembre no solo celebramos la libertad conquistada, sino también el compromiso de seguir construyendo un país más justo, ético y humano.